Con todos
los resultados puestos y un balance no tan dramático como lo imaginábamos
apenas terminado el partido en el cementerio, recién ahora, con el alma de
vuelta en el cuerpo, me da la vida para tirar un par de líneas en el blog.
La caravana
mágica sigue rodando, señores, a pesar de todo. El equipo de la banda parece
encaprichado en ponernos el cuore al borde del estallido, pero desde este grupo
de gente, que se banca la que venga, le seguimos haciendo el aguante hasta
verlo de vuelta en primera. El calvario
es nuestro hábitat, hora de asumirlo.
Los
resultados de la fecha anterior nos ponían frente a la posibilidad de festejar
el ascenso en Santa Fe. Y con esa ilusión nos pintamos de rojo y blanco y nos
largamos a la ruta.
La suerte parecía acompañarnos. Saltar de un hotel media estrella a uno que por lo menos tuviera todas sus puntas, ya parecía ser una señal. Parecía.
El primer
grupo de viajeros llegamos viernes bastante tarde, con un hambre que ni te
digo. Si se nos cruzaba un jabalí en la ruta no lo atropellábamos ni lo
esquivábamos. Lo carneábamos.
Buena onda
la gente del hotel, pero para cuando llegamos, los muchachos de la cocina ya
estaban cambiados y con la mochila al hombro. No hubo margen para negociar así
que nos mandamos a la calle a buscar un boliche que cuanto menos nos tire un
chegusan para matar el bagre. Pero no encontramos nada abierto. Era como calle
Florida un sábado a la noche, nada de nada.
La inercia
nos llevó hasta una especie de Bond Street, que se nos apareció oscura, fría,
con todos los negocios cerrados, y algún riesgo de ser violados sin que nadie
se entere, salvo nosotros, obvio.
Pero todo
fue una alegoría de lo que viene siendo la campaña del millo, que sufre, sufre,
sufre, pero la cosa termina bien, a no dudarlo. Lo dijo Paddy, muchachos: hay
luz al final del camino. En nuestro caso pasamos del riesgo a ser enhebrados
por algún grupito de hinchas sabaleros o tatengues, a disfrutar de un boliche
de la hostia, con buena gente, música, buenas pizzas y birra Santa Fe, como no
podía ser de otra manera.
El
itinerario de la caravana mágica siguió con un paso obligado por el casino,
donde Pet hizo todo lo posible para que el gorila de seguridad nunca lo agregue
como amigo en Facebook. Primero se quiso mandar en ojotas. Sí, las de tres
tiras que usan los jugadores en las concentraciones, en este caso con medias
oscuras que buscaban disimular lo indisimulable.
Pero el
hombre no le dio ni la más mínima chance y le cortó el paso de manera violenta.
- No, pa,
así no.
- Por qué?
- Porque no
se puede.
- Por qué?
- Ojotas no,
pa, olvidate.
- Por qué?
A esa altura
parecía una conversación de sordomudos. Pet tenía la capacidad de razonar
usurpada por litros y litros de birra y el gorila, bueno, al gorila no le pidas
que cabecee.
Después de
rebotar varias veces contra el frontón, Pet se dio cuenta de que el operativo
ojotas no iba a prosperar. Y entonces no tuvo mejor idea que sacárselas y metérselas
en el pantalón. Un genio. El flaco no se las cambió, no señor, se las SACÓ. Y
lo encaró al gordo que a esa altura ya le estaba sacando lustre a la manopla.
- Perdón, a
donde va así?
- Así cómo?
- Sin
calzado.
- Man, me
prohibiste las ojotas. Y ya no las tengo.
- Descalzo
tampoco se puede entrar.
- Pero, amigo,
estás muy en negativo. Así nunca vas a poder ser plenamente feliz.
El flaco le
vio el gesto al gordo y temió por su integridad física, así que terminó
cambiándole las championes a Agus, que se volvió en ojotas al hotel.
No era Las
Vegas, pero lo que pasa en el casino queda en el casino. Ni una palabra más.
Al rato la
muchachada se hizo presente en el hotel, porque en algún momento había que
cortar. Lo que no estaba en los cálculos de nadie, y mucho menos en los del conserje,
fue que el ingreso se diera batiendo palmas al ritmo de "vamo-lo
millonario, pongan huevo para ser primerooo..."
La caravana
mágica se puso más densa al llegar a la habitación, donde las palmas cambiaron
por violentos golpes a las paredes de Durlock que hacían retumbar hasta el último
rincón del hotel.
Hasta que al
encargado no le quedó otra que llegarse hasta la 122 para que le aflojáramos un
poco, que ese era un hotel familiar, que la gente necesita descansar y no sé
cuantas huevadas más. El tipo hacía tanto esfuerzo para no caer antipático que
hasta nos dio un poco de lástima. Bueno, en realidad a mí solo, porque apenas
el pobre pibe pegó media vuelta para volver a su puesto, el cántico volvió a sonar
con todo y la batucada se hizo sentir. El conserje, resignado, no volvió a
aparecer.
Como si el
quilombo no fuera suficiente, a Pet se le ocurrió prender la 14 pulgadas con
el volumen al taco. Arrancó con un zapping frenético hasta que dejó el canal
Rural (¿?) donde un paisano contaba sobre el crecimiento que tuvo la cosecha de
aceitunas en la última campaña. Y se acostó. Y se durmió. Y este boludo se tuvo
que levantar, sacarle el control que tenía atenazado y matar ese sonido
insoportable.
Al día
siguiente, este humilde cronista fue el primero en levantarse. El grupo del
Negro todavía no había llegado. El de Lalo tampoco. Pero no extrañábamos a
ninguno de los dos. Lo que más nervios daban era que las entradas venían con el
Negro. Cuando lo vi aparecer, los gemelos volvieron a su posición original.
Mató el
desayuno continental, impensado por el presupuesto que manejamos en materia de
alojamiento. No sabemos de qué continente, pero en la oferta del hotel se
incluía desayuno continental. La presentación ya era un salto cualitativo de la
gran puta. No era una Gladys malhumorada que te servía el café con ganas de
tirártelo por la cabeza, sino que había una simpática mesa donde se desplegaba
un menú cuanto menos interesante: yogur, café, tostadas, jugo que estaba un
escalón por encima del Sasic concentrado, fruta y alguna cosita más. Todo, ofrecido
por una moza que cada vez que podía le contaba a su compañero que tenía los
huevos al plato con el laburo y que en cualquier momento le encargaba al novio
que lo fuera a buscar al jefe para cagarlo a palos a domicilio.
Del desayuno
continental al desayuno del campeón, sin escalas. Birra bien helada para bajar
el café y las tostadas, mientras nos amargamos un toque viendo las dos pepas
que la Gloria le clavó a Merlo.
Antes de
rumbear para la cancha, Pet tuvo su arranque de caridad y le vendió una entrada
a un flaco que andaba desesperado porque se había mandado hasta Santa Fe sin
tener asegurado un lugar. El tipo no le besó las bolas sólo porque no las tenía
a la vista.
Después de
una caminata más que interesante (no aprendimos la lección que nos dio Rosario,
che, dejate de joder), llegamos al cementerio de los elefantes. Capaz que acá
podría decir, como en la crónica anterior, que no entraba un alfiler, pero en
rigor, ¿qué carajo tiene que hacer un alfiler en una cancha de fútbol?? Estaba
hasta la manija, sí. Y yo, que me estoy cuidando porque vengo de un desgarro,
casi me lesiono el cuádriceps porque estuve todo el primer tiempo con una gamba
en un escalón y la otra en el de abajo. El segundo tiempo lo "vi"
desde abajo.
Del partido
nada de nada. Lo vieron todos. Sin más comentarios. Te lo devoraste, Choriiiii…
La salida
del estadio fue todo lo que puede ser una salida de un estadio cuando perdés un
partido que tenías que ganar. Le metimos caminata otra vez, pero con un toque
menos de entusiasmo que a la ida.
Cuando ya
nos despedíamos del hotel, saboreando la última birra, nos pasó algo raro. Y de
algo raro siempre sale algo bueno. Es una teoría que acabo de inventar.
Lo raro fue
que nos encontramos con el campeón argentino de billar. Sí señor, Amado Jador,
así se llama, ahora se dedica a vender boletos de quiniela y tiene a los
empleados del hotel entre sus clientes. Pero en sus mocedades el tipo le daba a
la pelotita como nadie, ganó no sé cuántos premios internacionales y estuvo por
el mundo paseando su extraña habilidad. Los incrédulos que en este momento lo
están googleando para ver si no es verso, ahórrense el trámite. Mientras Amado
nos bombardeaba a cuentos, de golpe Agus comentó, como quien no quiere la cosa:
“ah, y además sos ciudadano ilustre de Santa Fe”. Paddy, Pet y yo nos miramos
sin entender de dónde carajo había sacado ese dato. Pero Agus se adelantó y nos
mostró en el celular los resultados de la búsqueda que había hecho “in situ”. Jador
tampoco lo podía creer, y se la pasó el resto del simpático encuentro elogiando
a Chavanne: “es mucho más inteligente que todos ustedes juntos”.
Eso fue lo
raro. Lo bueno… lo bueno está por venir. No aflojemos, muchachos, esta banda no
se mancha.

