lunes, 18 de junio de 2012

Esta banda no se mancha


Con todos los resultados puestos y un balance no tan dramático como lo imaginábamos apenas terminado el partido en el cementerio, recién ahora, con el alma de vuelta en el cuerpo, me da la vida para tirar un par de líneas en el blog.

La caravana mágica sigue rodando, señores, a pesar de todo. El equipo de la banda parece encaprichado en ponernos el cuore al borde del estallido, pero desde este grupo de gente, que se banca la que venga, le seguimos haciendo el aguante hasta verlo de vuelta en primera.  El calvario es nuestro hábitat, hora de asumirlo.

Los resultados de la fecha anterior nos ponían frente a la posibilidad de festejar el ascenso en Santa Fe. Y con esa ilusión nos pintamos de rojo y blanco y nos largamos a la ruta.

La suerte parecía acompañarnos. Saltar de un hotel media estrella a uno que por lo menos tuviera todas sus puntas, ya parecía ser una señal. Parecía.

El primer grupo de viajeros llegamos viernes bastante tarde, con un hambre que ni te digo. Si se nos cruzaba un jabalí en la ruta no lo atropellábamos ni lo esquivábamos. Lo carneábamos.

Buena onda la gente del hotel, pero para cuando llegamos, los muchachos de la cocina ya estaban cambiados y con la mochila al hombro. No hubo margen para negociar así que nos mandamos a la calle a buscar un boliche que cuanto menos nos tire un chegusan para matar el bagre. Pero no encontramos nada abierto. Era como calle Florida un sábado a la noche, nada de nada.

La inercia nos llevó hasta una especie de Bond Street, que se nos apareció oscura, fría, con todos los negocios cerrados, y algún riesgo de ser violados sin que nadie se entere, salvo nosotros, obvio.

Pero todo fue una alegoría de lo que viene siendo la campaña del millo, que sufre, sufre, sufre, pero la cosa termina bien, a no dudarlo. Lo dijo Paddy, muchachos: hay luz al final del camino. En nuestro caso pasamos del riesgo a ser enhebrados por algún grupito de hinchas sabaleros o tatengues, a disfrutar de un boliche de la hostia, con buena gente, música, buenas pizzas y birra Santa Fe, como no podía ser de otra manera.

El itinerario de la caravana mágica siguió con un paso obligado por el casino, donde Pet hizo todo lo posible para que el gorila de seguridad nunca lo agregue como amigo en Facebook. Primero se quiso mandar en ojotas. Sí, las de tres tiras que usan los jugadores en las concentraciones, en este caso con medias oscuras que buscaban disimular lo indisimulable.

Pero el hombre no le dio ni la más mínima chance y le cortó el paso de manera violenta.

- No, pa, así no.

- Por qué?

- Porque no se puede.

- Por qué?

- Ojotas no, pa, olvidate.

- Por qué?

A esa altura parecía una conversación de sordomudos. Pet tenía la capacidad de razonar usurpada por litros y litros de birra y el gorila, bueno, al gorila no le pidas que cabecee.

Después de rebotar varias veces contra el frontón, Pet se dio cuenta de que el operativo ojotas no iba a prosperar. Y entonces no tuvo mejor idea que sacárselas y metérselas en el pantalón. Un genio. El flaco no se las cambió, no señor, se las SACÓ. Y lo encaró al gordo que a esa altura ya le estaba sacando lustre a la manopla.

- Perdón, a donde va así?

- Así cómo?

- Sin calzado.

- Man, me prohibiste las ojotas. Y ya no las tengo.

- Descalzo tampoco se puede entrar.

- Pero, amigo, estás muy en negativo. Así nunca vas a poder ser plenamente feliz.

El flaco le vio el gesto al gordo y temió por su integridad física, así que terminó cambiándole las championes a Agus, que se volvió en ojotas al hotel.

No era Las Vegas, pero lo que pasa en el casino queda en el casino. Ni una palabra más.

Al rato la muchachada se hizo presente en el hotel, porque en algún momento había que cortar. Lo que no estaba en los cálculos de nadie, y mucho menos en los del conserje, fue que el ingreso se diera batiendo palmas al ritmo de "vamo-lo millonario, pongan huevo para ser primerooo..."

La caravana mágica se puso más densa al llegar a la habitación, donde las palmas cambiaron por violentos golpes a las paredes de Durlock que hacían retumbar hasta el último rincón del hotel.

Hasta que al encargado no le quedó otra que llegarse hasta la 122 para que le aflojáramos un poco, que ese era un hotel familiar, que la gente necesita descansar y no sé cuantas huevadas más. El tipo hacía tanto esfuerzo para no caer antipático que hasta nos dio un poco de lástima. Bueno, en realidad a mí solo, porque apenas el pobre pibe pegó media vuelta para volver a su puesto, el cántico volvió a sonar con todo y la batucada se hizo sentir. El conserje, resignado, no volvió a aparecer.

Como si el quilombo no fuera suficiente, a Pet se le ocurrió prender la 14 pulgadas con el volumen al taco. Arrancó con un zapping frenético hasta que dejó el canal Rural (¿?) donde un paisano contaba sobre el crecimiento que tuvo la cosecha de aceitunas en la última campaña. Y se acostó. Y se durmió. Y este boludo se tuvo que levantar, sacarle el control que tenía atenazado y matar ese sonido insoportable.

Al día siguiente, este humilde cronista fue el primero en levantarse. El grupo del Negro todavía no había llegado. El de Lalo tampoco. Pero no extrañábamos a ninguno de los dos. Lo que más nervios daban era que las entradas venían con el Negro. Cuando lo vi aparecer, los gemelos volvieron a su posición original.

Mató el desayuno continental, impensado por el presupuesto que manejamos en materia de alojamiento. No sabemos de qué continente, pero en la oferta del hotel se incluía desayuno continental. La presentación ya era un salto cualitativo de la gran puta. No era una Gladys malhumorada que te servía el café con ganas de tirártelo por la cabeza, sino que había una simpática mesa donde se desplegaba un menú cuanto menos interesante: yogur, café, tostadas, jugo que estaba un escalón por encima del Sasic concentrado, fruta y alguna cosita más. Todo, ofrecido por una moza que cada vez que podía le contaba a su compañero que tenía los huevos al plato con el laburo y que en cualquier momento le encargaba al novio que lo fuera a buscar al jefe para cagarlo a palos a domicilio.

Del desayuno continental al desayuno del campeón, sin escalas. Birra bien helada para bajar el café y las tostadas, mientras nos amargamos un toque viendo las dos pepas que la Gloria le clavó a Merlo.

Antes de rumbear para la cancha, Pet tuvo su arranque de caridad y le vendió una entrada a un flaco que andaba desesperado porque se había mandado hasta Santa Fe sin tener asegurado un lugar. El tipo no le besó las bolas sólo porque no las tenía a la vista.

Después de una caminata más que interesante (no aprendimos la lección que nos dio Rosario, che, dejate de joder), llegamos al cementerio de los elefantes. Capaz que acá podría decir, como en la crónica anterior, que no entraba un alfiler, pero en rigor, ¿qué carajo tiene que hacer un alfiler en una cancha de fútbol?? Estaba hasta la manija, sí. Y yo, que me estoy cuidando porque vengo de un desgarro, casi me lesiono el cuádriceps porque estuve todo el primer tiempo con una gamba en un escalón y la otra en el de abajo. El segundo tiempo lo "vi" desde abajo.

Del partido nada de nada. Lo vieron todos. Sin más comentarios. Te lo devoraste, Choriiiii…

La salida del estadio fue todo lo que puede ser una salida de un estadio cuando perdés un partido que tenías que ganar. Le metimos caminata otra vez, pero con un toque menos de entusiasmo que a la ida.

Cuando ya nos despedíamos del hotel, saboreando la última birra, nos pasó algo raro. Y de algo raro siempre sale algo bueno. Es una teoría que acabo de inventar.

Lo raro fue que nos encontramos con el campeón argentino de billar. Sí señor, Amado Jador, así se llama, ahora se dedica a vender boletos de quiniela y tiene a los empleados del hotel entre sus clientes. Pero en sus mocedades el tipo le daba a la pelotita como nadie, ganó no sé cuántos premios internacionales y estuvo por el mundo paseando su extraña habilidad. Los incrédulos que en este momento lo están googleando para ver si no es verso, ahórrense el trámite. Mientras Amado nos bombardeaba a cuentos, de golpe Agus comentó, como quien no quiere la cosa: “ah, y además sos ciudadano ilustre de Santa Fe”. Paddy, Pet y yo nos miramos sin entender de dónde carajo había sacado ese dato. Pero Agus se adelantó y nos mostró en el celular los resultados de la búsqueda que había hecho “in situ”. Jador tampoco lo podía creer, y se la pasó el resto del simpático encuentro elogiando a Chavanne: “es mucho más inteligente que todos ustedes juntos”.

Eso fue lo raro. Lo bueno… lo bueno está por venir. No aflojemos, muchachos, esta banda no se mancha.

lunes, 28 de mayo de 2012

Rosario siempre estuvo cerca (sobre todo con Pet al volante)


Recta final, desenlace para el infarto, partidos a todo o nada para ver si el millonario vuelve al lugar que nunca debió haber dejado. Porque somos grandes, somos inmensos, somos gigantes. Somos distintos a todos y no hay nada que se nos parezca. Falta poco.


No hubo motorhome, pero la caravana mágica mantuvo el espíritu que ya empieza a ser una marca registrada y se largó a la ruta nueve para hacerle el aguante al equipo de la banda.


El rayo Mc Queen la rompió en los casi trescientos kilómetros que separan Tigre de Rosario, con una marca que no está nada mal si tenés en cuenta que fue de punta a punta con el freno de mano puesto.


La ciudad de la bandera nos recibió con los brazos -y boliches- abiertos.


Primero, el paso obligado por el hotel, que tenía la misma cantidad de estrellas que de pulgadas tenía la tv del cuarto: media. Fue lo que se pudo conseguir.


El hotel era una especie de vecindad del Chavo, un hall central muy pintoresco , y su dueña, la Gladys, le ponía la mejor onda. A nosotros nos tocó planta baja, pero no tuvo la misma suerte un gordo sexagenario que apenas se podía mover apoyándose con un bastón y lo mandaron al cuarto piso, por escalera. Mientras esperábamos que nos pusieran a punto el cuarto, el viejo se largó a la aventura de llegar hasta el suyo. Media hora para subir tres escalones, otra media para recuperar el aire y una horita para llegar al primer descanso.
El bagre picaba que daba calambre así que nos rajamos a comer algo. Nos atendió Nico, un fana de Ñuls que se la pasó toda la noche pidiéndonos que le ganáramos a los canallas putos. Según algunos allegados, este falso Viatri sería un hincha de Central encubierto que anda al salto por un bizcocho y que se habría montado toda la pantomima para hacerse de una buena propina. Con tal de llevarse unos mangos hasta nos habría jurado sobre los libros sagrados que éramos todos igualitos a Brad Pitt. Por la moneda baila el mono y este flaco tenía toda la pinta. De mono.


Después de las rabas y un par de empanaditas, llegó un asado diez puntos pero que no pudimos terminar porque los nervios ya empezaban a hacer su laburito. Queríamos cambiar de tema pero todas las charlas terminaban en lo que nos esperaba al día siguiente. Mucha tensión.


Mientras desfilaban las birras a un ritmo desenfrenado, lo vimos pasar dos veces al Chori Domínguez. Se ve que el tipo está hecho con el mismo molde que el Chapulin Romario: necesita salir de joda a la noche para romperla al día siguiente. En realidad no estamos seguros de que fuese el verdadero Chori, pero el nivel de escabio en sangre nos hizo ver también al morocho de las inferiores de River (¿Cazares?) que iba y venía con dos caramelitos, y hasta reconocimos también a un especie de Peter que no se reía tanto como el borrachín de polvorines pero tenía la misma cara de orangután combinado con el peinado afro.


Seguíamos hablando de fútbol y en eso se apareció la abejita que andaba de desconche para despedir su soltería. La vimos de lejos y el comentario fue: quién es el ojetudo que se lleva semejante minón. La vimos de cerca y el comentario fue: quién es el valiente que porta un estomago capaz de digerir a un bicho semejante. Vos los sabés bien, Paddy, un compromiso no se rompe: la abejita te espera en su casamiento y quiere que te ocupes de la primera lectura y de acercar los anillos.


El boliche estaba al palo de gente. La bolsa de anabólicos, que estaba parado sobre un banquito controlando a la masa, nos sacó la ficha al toque y cada tanto mandaba gestito de banda cruzando el pecho. No sabíamos si nos estaba pidiendo que ganáramos porque era leproso o si era canalla y nos ibas esperar afuera con sus amiguitos para darnos murra. Pet se jugó el pellejo y lo encaró para preguntarle qué onda. Pet está bien.


Ya de vuelta en el hotel, no encontramos con una madre al borde de un ataque de nervios porque el bebe lloraba que era una cosa de locos. Ahí nomas creímos que no íbamos a pegar un ojo en toda la noche, porque el purrete estaba en el cuarto de al lado. Pero no se escuchó un solo llanto, posta. Imposible sentirlo con los ronquidos de Pet y Julito. Ma-mi-ta, no se daban respiro. Parecía un intercambio furioso de globos y voleas entre Nadal y Federer.


Sábado temprano desayunamos y enfilamos para la cancha. Nadie tenía ni puta idea por dónde teníamos que entrar. Ni la recepcionista del hotel, que andaba de malas y no quiso responderle a Paddy, ni mucho menos el tachero, que la fue de experimentado y terminó dejándonos exactamente en la otra punta.


No faltó el desayuno del campeón para amenizar la espera y, sobre todo, para tener algo con qué distraernos mientras la marea canalla nos miraba desconfiada. Atravesamos la plaza, y al toque empezaron a identificarse los colores de la banda y hubo alivio.


Ahí arrancaron los cantitos: que son todos putos, que los gatos no se comen y que la rubia esto y lo otro. Nos amontonaron contra un rincón, se hizo una masa de gente importante y los milicos la fueron de cowboys que arrean al ganado hasta el potrero. Los queríamos matar. Siguió el intercambio de opiniones, todas de alto nivel cultural, con los canallas que teníamos cerca hasta que finalmente nos ubicamos en la tribuna, donde pudimos.


Mierda que no entraba un alfiler, dejáte de joder. Nos dieron una sola bandeja y estábamos que nos teníamos que acomodar el jopo unos a otros porque no había forma ni de levantar los brazos. En una me puse a mirar para el costado y así quedé, de canto, porque no pude volver a la posición original.


Te regalo la del enano buena onda: viajó hasta Rosario, se garpó la entrada, se comió la fila y algunos escupitajos. Todo, para terminar tocándole estar justo atrás de Pet y no ver una mierda en todo el partido. Pero buena onda en serio.


En el entretiempo la cosa se puso un poco peluda cuando se armó el bardo ahí abajo a la derecha. La barra salió disparada a hacerle el aguante a unos pocos plateístas que estaban cobrando y nosotros nos dedicamos a recibir los encendedores que la hinchada rival nos regaló de souvenir.


Sobre el partido, no mucho para decir. La pasamos bien, el sol pegó lindo y sufrimos como locos cuando el cuervo amagó cobrar penal en la última jugada del partido. Mucho más que con cada vez que el Funes Mori tocaba la pelota por su banda izquierda. No se habrá equivocado Almeyda y lo puso a Rogelio para defender?


Pitazo final y salimos de la cancha sin saber para dónde puta enfilar. Zafamos de que nos corrieran pero terminamos caminando como unos condenados hasta que pudimos encontrar algún tachero buena onda.


La movida se cerró con un almuerzo livianito en calorías y de vuelta a la ruta, con alguna vueltita de más porque el copiloto de Pet tenía un excelente GPS pero lo leyó al revés.


Muchachos, buena onda el viaje. Que se repita. Escuché por ahí sobre un campo que queda cerca de la cancha de Colón. Sigamos esa línea.


Que no decaiga, un último esfuerzo. Como el sexagenario, que todavía está subiendo la escalera.


Vamos, nene, que esta banda no se va en el primer tiempo.