lunes, 28 de mayo de 2012

Rosario siempre estuvo cerca (sobre todo con Pet al volante)


Recta final, desenlace para el infarto, partidos a todo o nada para ver si el millonario vuelve al lugar que nunca debió haber dejado. Porque somos grandes, somos inmensos, somos gigantes. Somos distintos a todos y no hay nada que se nos parezca. Falta poco.


No hubo motorhome, pero la caravana mágica mantuvo el espíritu que ya empieza a ser una marca registrada y se largó a la ruta nueve para hacerle el aguante al equipo de la banda.


El rayo Mc Queen la rompió en los casi trescientos kilómetros que separan Tigre de Rosario, con una marca que no está nada mal si tenés en cuenta que fue de punta a punta con el freno de mano puesto.


La ciudad de la bandera nos recibió con los brazos -y boliches- abiertos.


Primero, el paso obligado por el hotel, que tenía la misma cantidad de estrellas que de pulgadas tenía la tv del cuarto: media. Fue lo que se pudo conseguir.


El hotel era una especie de vecindad del Chavo, un hall central muy pintoresco , y su dueña, la Gladys, le ponía la mejor onda. A nosotros nos tocó planta baja, pero no tuvo la misma suerte un gordo sexagenario que apenas se podía mover apoyándose con un bastón y lo mandaron al cuarto piso, por escalera. Mientras esperábamos que nos pusieran a punto el cuarto, el viejo se largó a la aventura de llegar hasta el suyo. Media hora para subir tres escalones, otra media para recuperar el aire y una horita para llegar al primer descanso.
El bagre picaba que daba calambre así que nos rajamos a comer algo. Nos atendió Nico, un fana de Ñuls que se la pasó toda la noche pidiéndonos que le ganáramos a los canallas putos. Según algunos allegados, este falso Viatri sería un hincha de Central encubierto que anda al salto por un bizcocho y que se habría montado toda la pantomima para hacerse de una buena propina. Con tal de llevarse unos mangos hasta nos habría jurado sobre los libros sagrados que éramos todos igualitos a Brad Pitt. Por la moneda baila el mono y este flaco tenía toda la pinta. De mono.


Después de las rabas y un par de empanaditas, llegó un asado diez puntos pero que no pudimos terminar porque los nervios ya empezaban a hacer su laburito. Queríamos cambiar de tema pero todas las charlas terminaban en lo que nos esperaba al día siguiente. Mucha tensión.


Mientras desfilaban las birras a un ritmo desenfrenado, lo vimos pasar dos veces al Chori Domínguez. Se ve que el tipo está hecho con el mismo molde que el Chapulin Romario: necesita salir de joda a la noche para romperla al día siguiente. En realidad no estamos seguros de que fuese el verdadero Chori, pero el nivel de escabio en sangre nos hizo ver también al morocho de las inferiores de River (¿Cazares?) que iba y venía con dos caramelitos, y hasta reconocimos también a un especie de Peter que no se reía tanto como el borrachín de polvorines pero tenía la misma cara de orangután combinado con el peinado afro.


Seguíamos hablando de fútbol y en eso se apareció la abejita que andaba de desconche para despedir su soltería. La vimos de lejos y el comentario fue: quién es el ojetudo que se lleva semejante minón. La vimos de cerca y el comentario fue: quién es el valiente que porta un estomago capaz de digerir a un bicho semejante. Vos los sabés bien, Paddy, un compromiso no se rompe: la abejita te espera en su casamiento y quiere que te ocupes de la primera lectura y de acercar los anillos.


El boliche estaba al palo de gente. La bolsa de anabólicos, que estaba parado sobre un banquito controlando a la masa, nos sacó la ficha al toque y cada tanto mandaba gestito de banda cruzando el pecho. No sabíamos si nos estaba pidiendo que ganáramos porque era leproso o si era canalla y nos ibas esperar afuera con sus amiguitos para darnos murra. Pet se jugó el pellejo y lo encaró para preguntarle qué onda. Pet está bien.


Ya de vuelta en el hotel, no encontramos con una madre al borde de un ataque de nervios porque el bebe lloraba que era una cosa de locos. Ahí nomas creímos que no íbamos a pegar un ojo en toda la noche, porque el purrete estaba en el cuarto de al lado. Pero no se escuchó un solo llanto, posta. Imposible sentirlo con los ronquidos de Pet y Julito. Ma-mi-ta, no se daban respiro. Parecía un intercambio furioso de globos y voleas entre Nadal y Federer.


Sábado temprano desayunamos y enfilamos para la cancha. Nadie tenía ni puta idea por dónde teníamos que entrar. Ni la recepcionista del hotel, que andaba de malas y no quiso responderle a Paddy, ni mucho menos el tachero, que la fue de experimentado y terminó dejándonos exactamente en la otra punta.


No faltó el desayuno del campeón para amenizar la espera y, sobre todo, para tener algo con qué distraernos mientras la marea canalla nos miraba desconfiada. Atravesamos la plaza, y al toque empezaron a identificarse los colores de la banda y hubo alivio.


Ahí arrancaron los cantitos: que son todos putos, que los gatos no se comen y que la rubia esto y lo otro. Nos amontonaron contra un rincón, se hizo una masa de gente importante y los milicos la fueron de cowboys que arrean al ganado hasta el potrero. Los queríamos matar. Siguió el intercambio de opiniones, todas de alto nivel cultural, con los canallas que teníamos cerca hasta que finalmente nos ubicamos en la tribuna, donde pudimos.


Mierda que no entraba un alfiler, dejáte de joder. Nos dieron una sola bandeja y estábamos que nos teníamos que acomodar el jopo unos a otros porque no había forma ni de levantar los brazos. En una me puse a mirar para el costado y así quedé, de canto, porque no pude volver a la posición original.


Te regalo la del enano buena onda: viajó hasta Rosario, se garpó la entrada, se comió la fila y algunos escupitajos. Todo, para terminar tocándole estar justo atrás de Pet y no ver una mierda en todo el partido. Pero buena onda en serio.


En el entretiempo la cosa se puso un poco peluda cuando se armó el bardo ahí abajo a la derecha. La barra salió disparada a hacerle el aguante a unos pocos plateístas que estaban cobrando y nosotros nos dedicamos a recibir los encendedores que la hinchada rival nos regaló de souvenir.


Sobre el partido, no mucho para decir. La pasamos bien, el sol pegó lindo y sufrimos como locos cuando el cuervo amagó cobrar penal en la última jugada del partido. Mucho más que con cada vez que el Funes Mori tocaba la pelota por su banda izquierda. No se habrá equivocado Almeyda y lo puso a Rogelio para defender?


Pitazo final y salimos de la cancha sin saber para dónde puta enfilar. Zafamos de que nos corrieran pero terminamos caminando como unos condenados hasta que pudimos encontrar algún tachero buena onda.


La movida se cerró con un almuerzo livianito en calorías y de vuelta a la ruta, con alguna vueltita de más porque el copiloto de Pet tenía un excelente GPS pero lo leyó al revés.


Muchachos, buena onda el viaje. Que se repita. Escuché por ahí sobre un campo que queda cerca de la cancha de Colón. Sigamos esa línea.


Que no decaiga, un último esfuerzo. Como el sexagenario, que todavía está subiendo la escalera.


Vamos, nene, que esta banda no se va en el primer tiempo.